Réquiem de un amor fugaz




El inicio es tan predecible como el final. Luces de colores, dos corazones acelerados, llanto, confusión, adrenalina y nosotros queriendo conquistar el mundo y buscando quién vende cigarros, todo en una misma noche.

Nunca nos habíamos sentido más vivos. Si pudiera, detendría este momento, lo guardaría en una botella y lo arrojaría al mar, esperando que llegue hasta el otro lado del mundo.
Nadie habla de enamorarse. Pero el amor es el motor de escape en esta, nuestra historia.
El tiempo nos sabe lento, justo en la medida precisa que toma crear un recuerdo.

Me detengo a pensar un momento si vale la pena saltar. Demasiado tarde, pues tomaste mi mano y la electricidad me empujó al vacío.

Larga vida a todos los amaneceres que cerraban con broche de oro una noche que jamás quisimos terminara. Por todas esas veces que corrías con mis zapatos en tu mano y yo caía al intentar alcanzarte. Por todos los peligros que nunca contemplamos al decidir derrumbar paredes. Por esas miradas que me hacían preguntarte cuándo íbamos a despertar. 
Los días se sienten como a la espera de una mejor época. Todas las heridas de guerra dejan de pesar, y se vuelven tan sólo un tema de conversación.
Siempre vendrán mejores días.
Sonríes por todo lo que has dejado atrás, sin darte cuenta que lo añoras a la vez que lo detestas. Crecer duele. Pero también inquieta. Llorar y amar, sosiegan y conmueven el alma.

No te vayas aún. Dame un momento más. Una lucha más. Una palabra más. Quédate. 

La soledad edita todos los colores que estabas acostumbrado a ver. Pero nosotros siempre seremos puntos suspensivos, nos desgastamos, nos transformamos y a veces nos contaminamos, pero siempre seremos un “nosotros”.

Esta noche, mientras bailamos y me tomas de la cintura, me siento más libre que nunca.
Me puedo perder entre la multitud y confío en que tu voz me va a encontrar. Sé que todo va a estar bien.
Te detienes y haces un brindis por cualquier cosa que sea esto que intentamos salvar. 

Y creo que es importante que sepas esto: Pase lo que pase, siempre recordaré la manera en que me miraste hoy, y lo nerviosa que me pusiste al decirme que yo era “tu hogar”. Tú promete que nunca olvidarás lo que hoy te hice sentir. 

La primera vez que sentí que tenía algo que perder, fue el comienzo de la decadencia del “nosotros”. 

Hoy bailo sola, en honor a la vida que me prestaste un rato, y en honor a las manos que me enseñaron a girar sobre mi propio eje.

Hay personas que te encierran en la promesa de un hoy, y te pones cómodo en el cautiverio de esa incertidumbre, olvidando por completo que tú deseabas la plenitud de la promesa de un siempre. Yo me hubiera quedado con tu “hoy” sabiendo que nunca podrías ofrecerme un “por siempre”.

Debimos ir con más cuidado. Estábamos advertidos. Dicen que este tipo de amores fugaces, llegan de golpe y se van dejando todo arruinado a su paso. Lo ves acercarse, y buscas desesperada motivos para huir, buscas refugio y escondites, y cuando te das la vuelta, dos ojos color almendra te tienen acorralada. 
La vida nunca te sabrá más agridulce, ¿verdad?
El que juega con fuego, se quema. Y el olor a ceniza tarda un poco en irse. 
El sentimiento de encontrarte de frente con algo que siempre has deseado, y perderlo en segundos, es aterrador. 
Pero nos gusta sentir todo o nada. Sin matices. Estamos a la espera de un día que no existe en el calendario. Jugamos a ser libres, pero perteneciéndonos unos a otros. Necesitamos pensar en un futuro, pero no dejamos de revisar el pasado. Queremos amor, pero nos da miedo sentirlo de golpe.

Sé que el pm de mi reloj ya es am y que debo volver a la realidad.
Ninguno de los dos habla de amor. Y ninguno de los dos puede soltarse de las manos.
Mis manos recorren lentamente tus brazos hasta llegar a tu cara. Y yo te pido que no te vayas, pues en menos de un parpadeo, estarás fuera de mi vida para siempre.
Te devuelvo tu abrigo. Siento lástima por todos los que no pueden ver el brillo en los ojos de alguien que se sabe amado. Siento lástima por todos los que no pueden compartir una canción y sentir que el mundo comienza a moverse más lento. Las excusas se acabaron hace más de dos horas. No me quiero ir.

Me despido de ti con un beso que espero te haga recordarme por siempre, o al menos mañana. Suspiras en mi oído “Fue el destino”. Y yo me marcho. Comienzo a alejarme y le doy un nuevo sentido a mi libertad: “te extraño”. Me vuelvo hacia ti, y tu ya me estabas viendo.

El precio que se paga por un amor fugaz es nada contra la inmensidad de haber sentido la efervescencia de un amor juvenil en su más pura expresión.  

El recuerdo de un amor intocable, que jamás se va a desgastar y nunca va a envejecer.
La única regla del juego: nunca digas “mañana”.
Si sabes caminar sola de regreso a casa, el amor fugaz nunca traiciona. 
Para evitar que todo se convierta en un amor terrenal y cotidiano, el amor fugaz requiere tenacidad y valor para vivir un día a la vez.

Despierto al día siguiente y ya no queda rastro tuyo. Es una lástima, pero trato de convencerme que encontrarte fue como encontrar un trébol de 4 hojas: te pasa una vez en la vida, pero sus recuerdos te bastan para toda una eternidad.

Te encontré esta noche, te perdí también.
Y sé que un día lo volveré a hacer.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Cómo perder a una mujer?

De los intentos de reparar un corazón roto…

Convirtiéndome en Jane Austen... (O intentándolo)