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Las historias que nos contamos

Cuando lavamos los platos. Cuando sacamos a pasear a nuestro perrito. Mientras esperamos el uber. En la fila del banco. En el tráfico de camino a la oficina. Nuestras historias importan. Aunque nadie nos lea. Nos identifican y nos ayudan a reconocernos. Nos recuerdan quiénes fuimos ayer, quiénes ya no queremos ser. Nos hacen extrañarnos también.  Nos ayudan a escapar un ratito y crear mundos a los que sí nos gusta ir de viaje.  Las historias nos dan camino, son tierra firme y alas también.  Por eso es importante seguir escribiendo. Aunque no tengamos un motivo aparente, aunque no ganemos un Pulitzer. Escribir para reconocernos, reconciliarnos y resistir.  Escribir siempre conlleva un proceso de edición: para que quede bonito, limpio, aesthetic. Pero a veces no es necesario editar. Publicarlo como va, decirlo como es.  Seguiré por aquí, contándome historias (a mí y a ti), para volver a conocerme y encontrar otros finales. 

Soy todo lo que me dijeron que estaba mal

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Este año no marcho, no puedo. Pensé que este año sí podría, pero sigue siendo demasiado pronto, demasiado todo. Entendí que el dolor nunca viene con fecha de caducidad ni deadlines, es atemporal, va y viene según la estación del año, el mood del día o la canción que sale en Spotify.  Hoy me quedo en casa, sólo quiero llorar un rato, abrazarme. Me quedo a recordar mi voz militante del pasado, la que gritaba con rabia, decepción, ira, sed de venganza, vergüenza.  Esta vez quiero pensar en mí, en mi enojo, en mi historia. Diez años después, por fin lo escribo todo, lo hablo, lo recuerdo, le pongo nombre a lo que me pasó. Para no olvidar, para difuminar, para dejar claro que su nombre no empieza con mayúscula como el mío; lo escribo con otra tinta, en minúsculas, así de chiquito.  Para recordarme a mí misma que no fue mi culpa, ni del alcohol, ni de lo que llevaba puesto. Para recordarme que no estoy exagerando.  Pienso que hoy yo soy afortunada por escribir esto, viví p...

Sobre la mujer que dejé plantada...

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  Tenía una cita ayer por la tarde. Iba un poco nerviosa, pues no sabía bien cómo reaccionaría al verme después de tanto tiempo sin hablar. No quería ir, pero la soledad y costumbre casi me estaban obligando. A fin de cuentas, todos siempre regresamos a lo seguro, ¿no? Recordé todas las noches que pasaba llorando y anhelando crecer y separarme de ti, ser lo suficientemente fuerte para soltarte. Pero no podía. Regresaba siempre a ti. A tu drama y falta de confianza. Aunque lo intentaba, tu autoflagelación me arrastraba de vuelta. La culpa siempre terminaba por convencerme que estar contigo era el único camino. Me dolía verte sentada, esperando, con el dolor latente en tu mirada. Pero más me dolía saber que era una necia por querer seguir intentando estar contigo. Y así, pensándolo bien, mejor cancelé la cita. Y nuestra cena del próximo viernes. Y mi fiesta de cumpleaños que viene y también en la Nochebuena. Ya no estás invitada cariño. Ya no me da la gana verte...

Todo empieza con un corazón roto

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Todo empieza con un corazón roto. Con muchas noches de llorar y otras de recordar. Todo empieza con las dudas que el pasado nos dejó y el miedo al futuro que nos heredó. Empiezan las horas diarias que dedicamos al “qué hubiera pasado si…”. Empieza a doler el eco de las risas que aún suenan y los abrazos que tanta falta hacen. Empiezan las listas con preguntas que jamás tendrán respuesta y las palabras que rompieron algo. Parece que todo acabó, que el amor se ha marchado para siempre de nuestras vidas y ese brillo en los ojos se apagó. De repente el silencio nos sabe a soledad, la cama parece muy grande y el orgullo más. Las cartas y las fotos pesan casi tanto como la culpa. Las noches son eternas y el olvido más. Parece que todo acabó. Pero todo va comenzando. Todo comienza con un corazón que entiende al fin que, si su función es repararse para volver a latir y volver a sentir la vida, está dispuesto a hacerlo. El corazón roto está tan roto que sabe que tiene que es...

Sin pedir perdón

Esta es para ti, si tú la que baja la voz cuando alguien la llama “loca” o “mandona”. Oye tú, la del cabello despeinado y las uñas sin pintar. La que se frustra viendo blogs de ejercicio y vida sana mientras come la segunda rebanada de pizza. Te hablo a ti. ¡Qué bonita estás! Con esos ese espacio entre tus dientes que odias, esos kilos de más que adornan tu abdomen y esas marquitas en la piel que quisieras borrar. Te ves guapa soltera y con un novio que sabe amarte, también. Te hablo a ti, la que quisiera el abdomen plano, las bubis más infladas o las piernas más torneadas. Cambia, opérate, si eso es lo que deseas desde el fondo de tu corazón. Pero si el ejercicio, el botox o el détox, no son lo tuyo, basta. Eres suficiente. Eres tan suficiente que no tendrías que usar esos costosos tratamientos para la piel. Eres tan suficiente que no debes compararte con nadie. Con tennis o tacones, muy segura de lo que quieres, o no tanto, eres suficiente. Tú, la que tiene miedo de to...

Todos queremos querer a alguien

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Todos queremos querer a alguien. Todos queremos querer a alguien. No siempre. Sólo después de haber vivido lo que no es el amor. Sólo hasta entonces queremos querer de verdad. Con todo el dolor y la magia que eso implica. Y es que llega un día, después de muchos años, que de verdad queremos querer a alguien. Todos queremos tomar de la mano a alguien y saber con certeza, que la vida siempre nos tiene una sorpresa guardada. Todos queremos mirar a alguien a los ojos y darle las gracias a Dios por darnos la bendición de vivir ese preciso momento. Todos queremos escribirle poemas, dedicarle canciones y tomarle fotos sin que se de cuenta. Y es que todos queremos, deseamos, amar a alguien con una fuerza que no pensamos que teníamos, que no parece de este mundo. Soñar despiertos, escribir corazoncitos en los libros y cantarle canciones de Arjona. Todos queremos querer tan ingenua e inocentemente a alguien que todas nuestras barreras y miedos se vuelvan una tontería...

¿Te acuerdas de mí?

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¿Te acuerdas de mí? Me puse más necia, pero también más guapa. Estarías orgullosa de mí. Uso el cabello largo y los labios rojos. Me endeudé con mi propio carrito pero ya no le debo al banco. Bebo whisky, ya no uso brackets y hasta hago ejercicio. Maduré, creo. Me tendrías que ver. Sigo teniendo esa cicatriz en la frente de cuando se me cruzó una pared mientras jugaba, ¿te acuerdas? Cuando te conocí, nunca pensaste que un día me iba a gustar leer a García Márquez y Fitzgerald. Ya me leí toda su obra.   La última vez que te llamé, no contestaste. Supongo que tenías mucho trabajo, tal vez te seguía recordando a alguien y no estabas lista para saber de mí. Fue eso, ¿verdad? Me deshice de esas ganas de odiarte que tanto me estaban pesando, aunque confieso que no he podido tirar las botas que tanto detestabas. Acomodé mis libros, por fin. Te encantaría ver cómo quedaron. Mi cabeza es la que sigue un poco desordenada, ¡pero si vieras qué pelazo me cargo! No ...