A los 25 uno aprende...


A los 25 uno aprende...

Que es más fácil dejar ir la locura, que mantenerla encerrada.
Que valen más los actos diarios que las promesas hechas.
Que no existe el trabajo perfecto si ya se ha perdido el motivo inicial que nos hacía disfrutarlo.
Que más vale dejar ir todo lo que nos pesa, antes de que se haga más lento nuestro caminar.
Que no vamos a salvar el mundo de la noche a la mañana, pero vale la pena intentarlo.
Que las heridas de ahora ya no se pueden curar con venditas, pero sí con el tiempo.
Que el trabajo paga las cuentas y la vocación llena el corazón.
Que viajar no es tan fácil como los blogueros dicen, pero sí es la maravilla que nos presumen.
Que el amor de nuestra vida no siempre es nuestra alma gemela, pero está bien.
Que no hay estándares de belleza que seguir ahora, si no la mera capacidad de ver la magia de un alma a través de su sonrisa.
Que se va volviendo cada vez más difícil levantarse, pero nunca imposible.
Que hay veces que basta platicar con un buen amigo o escuchar a fondo una canción, para confiar en que la vida es bella.
Que la esperanza mata y al mismo tiempo nos mantiene vivos.
Que es bien padre no maquillarse, caminar descalzo, dormir mucho y comer muchos tacos.
Que la gente se muestra tal cual es desde la primera vez y nosotros tratamos de moldearlos.
Que las palabras al igual que la indiferencia, duelen hasta el tuétano.
Que la familia siempre ayuda a sanar. 
Que no importa si mides 1.50, si lo tuyo no son los tacones, quítatelos.
Que más vale vivirlo que verlo en redes sociales.
Que a veces es mejor una noche en casa platicando con mamá, a salir de antro.
Que todos los sueños que tuvimos cuando niños, siguen latentes en el alma, y es nuestro deber despertarlos.
Que ser feliz es estar despeinados.
Que tal vez para estas alturas no tengamos nada resuelto, y está bien.
Que está bien dudar, cuestionarnos la manera en que fuimos educados, tener más preguntas que respuestas.
Que el snobismo nunca estará de moda, así que lee la novela que te dé la gana.
Que está bien tener pareja, hijos, perros, no tener trabajo, estar solos, y cambiar de código postal.

Porque a los 25, la vida nos da una nueva oportunidad de comenzar de nuevo. De sonreír y llorar al mismo tiempo. De recordar nuestra vida y cambiar de rumbo si así lo decidimos.
De pedir perdón, ser perdonados, caernos, levantarnos y seguir.
De cambiar de profesión, novio, color de cabello y gustos musicales. De adoptar nuevos sueños y cumplir o abandonar otros.
De dejar ir, construir, desempolvar y romper. 
De hacer nuevos amigos, no de esos con los que sólo se sale de fiesta, sino con los que podemos llorar y bailar al mismo tiempo.
A los 25 se aprende que la edad cronológica empieza a perder importancia y los valores que nos mueven día con día empiezan a cobrar mayor importancia.
Que aquella persona que creímos incondicional, también nos puede herir.
Que de todos modos van a criticar tu foto en bikini, así que cómete otra rebanada de pizza.
Que no importa ya cuántas veces te digan que no sabes escribir. Sigue escribiendo.
Que no importa cuántas veces te hayan roto el corazón, ama de nuevo, siempre.
No importa si no estás casado, con maestría o carro del año, vete a la playa y verás cómo se te olvida.
Que no importa si no te convence del todo, arriésgate. Que está bien llorar, frustrarse y hasta dejar de sentir alegría. Pero vuelve a creer, por favor.
Que no importa si perdiste la fe. Si te tardaste una semana o un año en sanar, tampoco importa. Pero vuelve a vivir, por favor.
Que no somos cobardes cuando nos alejamos de algo o alguien tóxico que envenena nuestros motivos.

A los 25 entendí por fin, que no importa cuántas veces te alejes de la vida, ella siempre te estará esperando con la luz encendida. 
A los 25, luego a los 30, 32, 40 y así. Siempre se nos regala el poder de detener todo por un momento, bajarnos del barco un ratito, ver todo con calma, desde fuera, desde lejos, con el corazón, con mucho dolor y también nostalgia. Y todo para volvernos a subir con más ganas y más rumbo. 


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