Por si regresas
Alguna vez me pregunté qué pasaba con todas las memorias que el tiempo me obligaba a enterrar debajo de mi cama.
A veces pasa que corremos contra el tiempo, tratando de que el miedo y el arrepentimiento no nos roce la piel.
¿Pero qué pasa cuando todo aquello de lo que quisimos huir toca a la puerta?
Ya no nos podemos dar el lujo de dejarlo esperando.
Pienso que al destino sólo le podemos mentir dos veces:
1. Cuando lo perseguimos incansablemente sin saber que no tenemos ni el mínimo dominio sobre él.
2. Cuando le cerramos la puerta en la nariz sin importar lo que tiene que decirnos.
La tercera es la vencida, de esa sí que no podemos escapar. La tercera ocurre cuando el tiempo y el destino, némesis declarados, se unen y te echan una miradita de "ya caíste".
Es a la tercera a la que ya no podemos huir.
Porque como bien dicen "cuando te toca, aunque te quites, y cuando no, aunque te pongas".
A la primera él te la da espalda, a la segunda tú le das la espalda, y la tercera... esa pasa una vez en la vida.
Así que yo, por si mañana se le ocurre al destino tocar a mi puerta, estoy lista.
Querido destino, te espero con el vestido rojo que tanto me encanta, dejé la luz prendida para que no te pierdas, sembré en el jardín mis sueños para que los riegues cuando pases por aquí. Traigo buen semblante, aunque he de advertirte que tal vez no me reconozcas, pues he cambiado desde la última vez que nos vimos.
Te espero sentadita en la banca de los que todavía creemos en ti.
Ojalá nunca más te quieras ir.
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